Umbral del presente: Cuando el tiempo decide recordarnos [Parte 04]

Historias, ,

El parque seguía siendo el mismo, pero yo no.
Lo entendí mientras observaba cómo las hojas se movían con el viento y la gente pasaba sin notar nada extraño. Todo parecía encajar con normalidad, y aun así, sentía una distancia incómoda, como si estuviera ligeramente fuera de lugar, viviendo una versión prestada de mi propio presente.

DaNne estaba ahí, apoyado en su bicicleta, mirándonos con una calma que me resultaba inquietante. La ardilla sobre su hombro no se movía. Shatos, desde mi bolsillo, tampoco. Ese silencio compartido entre ambas me pesó más de lo que esperaba. Era una señal. Siempre lo había sido.

Había aprendido a funcionar así: cumplir la misión, mantener la rutina, no hacer demasiadas preguntas. Pero en ese instante, frente a DaNne, esa estructura empezó a sentirse vacía. Como si todo lo que había construido para mantenerme estable fuera apenas una capa delgada cubriendo algo que insistía en salir a la superficie.

—Hay cosas que no deberían recordarse
—dijo DaNne al fin—.
No porque sean malas… sino porque cambian todo.

No respondió al vacío. Sus palabras me atravesaron con precisión. Sentí cómo algo se tensaba dentro de mí, una mezcla de resistencia y cansancio. Porque una parte de mí ya sabía eso. Y aun así, necesitaba recordar.

Las imágenes llegaron sin aviso: un garaje mal iluminado, el sonido torpe de una guitarra, risas que no parecían importantes en ese entonces pero que ahora dolían. No eran recuerdos completos, solo fragmentos. Lo suficiente para generar nostalgia, no lo suficiente para sentir pertenencia. Como mirar una foto antigua y no estar seguro de si realmente estuviste ahí.

Shatos salió lentamente de mi bolsillo y se colocó frente a nosotros. Sus ojos brillaban con ese tono azulado que solo aparecía cuando el control comenzaba a fallar. No hizo ningún gesto exagerado. No hizo falta. Entendí que el bloqueo no estaba desapareciendo por error, sino porque ya no podía sostenerse.

DaNne me miró fijamente, con una seriedad que no recordaba haberle visto antes.

—No fue casualidad que nos reencontráramos
—continuó—.
Alguien forzó este punto. Y si seguimos avanzando… ya no va a haber retorno.

Quise responder algo. Decir que estaba listo, que podía manejarlo. Pero no era cierto. La verdad era más simple y más incómoda: tenía miedo. Miedo de descubrir que había sido alguien distinto, miedo de confirmar que lo que ahora llamaba presente era solo una versión incompleta de mí mismo.

Durante mucho tiempo, había sentido que vivía en automático. Cumpliendo, avanzando, existiendo sin demasiada emoción. Recordar podía darle sentido a todo… o terminar de romper lo poco que se mantenía en equilibrio.

El sol empezaba a caer, alargando las sombras entre los árboles. El parque se transformaba lentamente en otro lugar, más silencioso, más introspectivo. Sentí que estábamos parados frente a algo invisible pero definitivo. No una puerta, sino una decisión.

Shatos me miró. No como asistente. No como herramienta.
Como quien sabe que, esta vez, no puede decidir por mí.

El tiempo ya no era el único en juego.

Yo también.

Continuará…